El otro día alcancé altos niveles de felicidad. Que ¿cómo lo conseguí? Muy fácil…

Una tarde libre, un coche, una carretera y música. No necesito mucho más para evadirme de la realidad y disfrutar el momento. Con poca cosa me contento yo!

Así que, encendemos motores (en singular, que no es una avioneta!), ponemos a Springsteen en el Radio-CD y emprendemos la marcha. Me encanta escuchar The River mientras estoy al volante!

Y como aquel anuncio televisivo de hace algunos años, bajo la ventanilla, saco el brazo y juego con el aire mientras Bruce canta para los solitarios y yo le hago los coros.

Lo mejor de todo? El atardecer que me acompaña de regreso a casa… Hacía tiempo que no veía el sol anaranjado ponerse detrás de las montañas. Qué lástima que la ciudad censura estos preciosos momentos con sus rascacielos inertes…

De vez en cuando va bien abandonar la gran ciudad y recordar que hay vida más allá de la jungla del asfalto…

Advertisement